sábado, 1 de febrero de 2014

El Amor Romántico como utopía emocional

Por Coral Herrera Gómez
El amor en la posmodernidad es una utopía colectiva que se expresa en y sobre los cuerpos y los sentimientos de las personas, y que, lejos de ser un instrumento de liberación colectiva, sirve como anestesiante social.
El amor hoy es un producto cultural de consumo que calma la sed de emociones y entretiene a las audiencias. Alrededor del amor ha surgido toda una industria y un estilo de vida que fomenta lo que H.D. Lawrence llamó “egoísmo a dúo”, una forma de relación basada en la dependencia, la búsqueda de seguridad, necesidad del otro, la renuncia a la interdependencia personal, la ausencia de libertad, celos, rutina, adscripción irreflexiva a las convenciones sociales, el enclaustramiento mutuo…
Este enclaustramiento de parejas propicia el conformismo, el viraje ideológico a posiciones más conservadoras, la despolitización y el vaciamiento del espacio social, con notables consecuencias para las democracias occidentales y para la vida de las personas. Las redes de cooperación y ayuda entre los grupos se han debilitado o han desaparecido como consecuencia del individualismo y ha aumentado el número de hogares monoparentales. La gente dispone de poco tiempo de ocio para crear redes sociales en la calle, y el anonimato es el modus vivendi de la ciudad: un caldo de cultivo, pues, ideal para las uniones de dos en dos (a ser posible monogámicas y heterosexuales).
De este modo, nos atrevemos a afirmar que los modelos de relación erótica y amorosa de la cultura de masas están basadas en la ideología del “sálvese quién pueda”. Mucha gente se queja de que los amores posmodernos son superficiales, rápidos e intensos, como la vida en las grandes urbes. Es cada vez más común el enamoramiento fugaz, y pareciera que las personas, más que lograr la fusión, lo que hacen es “chocar” entre sí.
Creo, coincidiendo con Erich Fromm, que a pesar de que el anhelo de enamorarse es muy común, en realidad el amor es un fenómeno relativamente poco frecuente en nuestras sociedades actuales: “La gente capaz de amar, en el sistema actual, constituye por fuerza la excepción; el amor es inevitablemente un fenómeno marginal en la sociedad actual”. Y lo es porque el amor requiere grandes dosis de apertura de uno mismo, de entrega, generosidad, sinceridad, comunicación, honestidad, capacidad de altruismo, que chocan con la realidad de las relaciones entre los hombres y las mujeres posmodernas.
Por eso creo que el amor, más que una realidad, es una utopía emocional de un mundo hambriento de emociones fuertes e intensas. En la posmodernidad existe un deseo de permanecer entretenido continuamente; probablemente la vida tediosa y mecanizada exacerba estas necesidades evasivas y escapistas. Esta utopía emocional individualizada surge además en lo que Lasch denomina la era del narcisismo; en ella las relaciones se basan en el egoísmo y el egocentrismo del individuo.
Las relaciones superficiales que establecen a menudo las personas se basan en una idealización del otro que luego se diluye como un espejismo. En realidad, las personas a menudo no aman a la otra persona por como es, en toda su complejidad, con sus defectos y virtudes, sino más bien por cómo querría que fuese. El amor es así un fenómeno de idealización de la otra persona que conlleva una frustración; cuanto mayores son las expectativas, más grande es el desencanto.
El amor romántico se adapta al individualismo porque no incluye a terceros, ni a grupos, se contempla siempre en uniones de dos personas que se bastan y se sobran para hacerse felices el uno al otro. Esto es bueno para que la democracia y el capitalismo se perpetúen, porque de algún modo se evitan movimientos sociales amorosos de carácter masivo que podrían desestabilizar el statu quo. Por esto en los medios de comunicación de masas, en la publicidad, en la ficción y en la información nunca se habla de un “nosotros” colectivo, sino de un “tú y yo para siempre”. El amor se canaliza hacia la individualidad porque, como bien sabe el poder, es una fuerza energética muy poderosa. Jesús y Gandhi expandieron la idea del amor como modo de relacionarse con la naturaleza, con las personas y las cosas, y tuvieron que sufrir las consecuencias de la represión que el poder ejerció sobre ellos.
El amor constituye una realidad utópica porque choca con la realidad del día a día, normalmente monótona y rutinaria para la mayor parte de la Humanidad. Las industrias culturales actuales ofrecen una cantidad inmensa de realidades paralelas en forma de narraciones a un público hambriento de emociones que demanda intensidad, sueños, distracción y entretenimiento. Las idealizaciones amorosas, en forma de novela, obra de teatro, soap opera, reality show, concurso, canciones, etc. son un modo de evasión y una vía para trascender la realidad porque se sitúa como por encima de ella, o más bien porque actúa de trasfondo, distorsionando, enriqueciendo, transformando la realidad cotidiana.
Necesitamos enamorarnos del mismo modo que necesitamos rezar, leer, bailar, navegar, ver una película o jugar durante horas: porque necesitamos trascender nuestro “aquí y ahora”, y este proceso en ocasiones es adictivo. Fusionar nuestra realidad con la realidad de otra persona es un proceso fascinante o, en términos narrativos, maravilloso, porque se unen dos biografías que hasta entonces habían vivido separadas, y se desea que esa unión sitúe a los enamorados en una realidad idealizada, situada más allá de la realidad propiamente dicha, y alejada de la contingencia. Por eso el amor es para los enamorados como una isla o una burbuja, un refugio o un lugar exótico, una droga, una fiesta, una película o un paraíso: siempre se narran las historias amorosas como situadas en lugares excepcionales, en contextos especiales, como suspendidas en el espacio y el tiempo. El amor en este sentido se vive como algo extraordinario, un suceso excepcional que cambia mágicamente la relación de las personas con su entorno y consigo mismas.
Sin embargo, este choque entre el amor ideal y la realidad pura se vive, a menudo, como una tragedia. Las expectativas y la idealización de una persona o del sentimiento amoroso son fuente de un sufrimiento excepcional para el ser humano, porque la realidad frente a la mitificación genera frustración y dolor. Y, como admite Freud (1970), “jamás nos hallamos tan a merced del sufrimiento como cuando amamos; jamás somos tan desamparadamente infelices como cuando hemos perdido el objeto amado o su amor”.
Quizás la característica más importante de esta utopía emocional reside en que atenúa la angustia existencial, porque en la posmodernidad la libertad da miedo, el sentido se ha derrumbado, las verdades se fragmentan, y todo se relativiza. Mientras decaen los grandes sistemas religiosos y los bloques ideológicos como el anarquismo y el comunismo, el amor, en cambio, se ha erigido en una solución total al problema de la existencia, el vacío y la falta de sentido.
Otro rasgo del amor romántico en la actualidad es que en él confluyen las dos grandes contradicciones de los urbanitas posmodernos: queremos ser libres y autónomos, pero precisamos del cariño, el afecto y la ayuda de los demás. El ser humano necesita relacionarse sexual y afectivamente con sus semejantes, pero también anhela la libertad, así que la contradicción es continua, y responde a lo que he denominado la insatisfacción permanente, un estado de inconformismo continuo por el que no valoramos lo que tenemos, y deseamos siempre lo que no tenemos, de manera que nunca estamos satisfechos. A los seres humanos nos cuesta hacernos a la idea de que no se puede tener todo a la vez, pero lo queremos todo y ya: seguridad y emoción, estabilidad y drama, euforia y rutina.
La insatisfacción permanente es un proceso que nos hace vivir la vida en el futuro, y no nos permite disfrutar del presente; en él se aúna esa contradicción entre idealización y desencanto que se da en el amor posmoderno, porque la nota común es desear a la amada o el amado inaccesible, y no poder corresponder a los que nos aman. La clave está en el deseo, que muere con su realización y se mantiene vivo con la imposibilidad.
Si la primera contradicción amorosa posmoderna reside fundamentalmente en el deseo de libertad y de exclusividad, la segunda reside en la ansiada igualdad entre mujeres y hombres. Por un lado, la revolución feminista de los 70 logró importantes avances en el ámbito político, económico y social; por otro, podemos afirmar que el patriarcado aún goza de buena salud en su dimensión simbólica y emocional.
En algunos países las leyes han logrado llevar las reivindicaciones de los feminismos a la realidad social, pese a que la crisis económica nos aleja aún más de la paridad y la igualdad de mujeres y hombres en el seno de las democracias occidentales. Además de esta ansiada igualdad legal, política y económica, tenemos que empezar a trabajar también el mundo de las emociones y los sentimientos. El patriarcado se arraiga aún con fuerza en nuestra cultura, porque los cuentos que nos cuentan son los de siempre, con ligeras variaciones. Las representaciones simbólicas siguen impregnadas de estereotipos que no liberan a las personas, sino que las constriñen; los modelos que nos ofrecen siguen siendo desiguales, diferentes y complementarios, y nos seguimos tragando el mito de la media naranja y el de la eternidad del amor romántico, que se ha convertido en una utopía emocional colectiva impregnada de mitos patriarcales.
Algunos de ellos siguen presentes en nuestras estructuras emocionales, configuran nuestras metas y anhelos, seguimos idealizando y decepcionándonos, y mientras los relatos siguen reproduciendo el mito de la princesa en su castillo (la mujer buena, la madre, la santa,) y el mito del príncipe azul (valiente a la vez que romántico, poderoso a la par que tierno). Muchos hombres han sufrido por no poder amar a mujeres poderosas; sencillamente porque no encajan en el mito de la princesa sumisa y porque esto conlleva un miedo profundo a ser traicionados, absorbidos, dominados o abandonados.Los mitos femeninos han sido dañinos para los hombres porque al dividir a las mujeres en dos grupos (las buenas y las malas), perpetúan la deigualdad y el miedo que los hombres sienten hacia las mujeres. Este miedo aumenta su necesidad de dominarlas; el imaginario colectivo está repleto de mujeres pecadoras y desobedientes (Eva, Lilith, Pandora), mujeres poderosas y temibles (Carmen, Salomé, Lulú), perversas o demoníacas (las harpías, las amazonas, las gorgonas, las parcas, las moiras).
Paralelamente, multitud de mujeres han besado sapos con la esperanza de hallar al hombre perfecto: sano, joven, sexualmente potente, tierno, guapo, inteligente, sensible, viril, culto, y rico en recursos de todo tipo. El príncipe azul es un mito que ha aumentado la sujeción de la mujer al varón, al poner en otra persona las manos de su destino vital. Este héroe ha distorsionado la imagen masculina, engrandeciéndola, y creando innumerables frustraciones en las mujeres. El príncipe azul, cuando aparece, conlleva otro mito pernicioso: el amor verdadero junto al hombre ideal que las haga felices.
Pese a estos sueños de armonía y felicidad eterna, las luchas de poder entre hombres y mujeres siguen siendo el principal escollo a la hora de relacionarse libre e igualitariamente en nuestras sociedades posmodernas; por ello es necesario  seguir luchando por la igualdad, derribar estereotipos, destrozar los modelos tradicionales, subvertir los roles, inventarnos otros cuentos y aprender a querernos más allá de las etiquetas.

sábado, 25 de enero de 2014

10 facts about infidelity, as divulged by Helen Fisher


Love isn’t so much an emotion, says Helen Fisher in her TED Talk. No, love is a brain system — one of three that that’s related to mating and reproduction. Helen Fisher: Why we love, why we cheatHelen Fisher: Why we love, why we cheatIt’s those other two systems that explain why human beings are capable of infidelity even as we so highly value love.
We see infidelity on big and small screens all the time and, on occasion, we see evidence of it in real life too. And yet, hearing that infidelity has something to do the way our brains work is a shock. So 3 million views later, Helen Fisher is back to explain more about infidelity — why it occurs, how common it is and how a study shows it could potentially correlate to a gene — along with further reading. Below, Fisher’s notes.
1. Pairbonding is a hallmark of humanity. Data from the Demographic Yearbooks of the United Nations on 97 societies between 1947 and 1992 indicate that approximately 93.1% of women and 91.8% of men marry by age 49. More recent data indicates that some 85% of Americans will eventually marry.
Further reading:
2. However, monogamy is only part of the human reproductive strategy. Infidelity is also widespread. Current studies of American couples indicate that 20 to 40% of heterosexual married men and 20 to 25% of heterosexual married women will also have an extramarital affair during their lifetime.
Further reading:
3. Brain architecture may contribute to infidelity. Human beings have three primary brain systems related to love. 1) The sex drive evolved to motivate individuals to seek copulation with a range of partners; 2) romantic love evolved to motivate individuals to focus their mating energy on specific partners, thereby conserving courtship time and metabolic energy; 3) partner attachment evolved to motivate mating individuals to remain together at least long enough to rear a single child through infancy together. These three basic neural systems interact with one another and other brain systems in myriad flexible, combinatorial patterns to provide the range of motivations, emotions and behaviors necessary to orchestrate our complex human reproductive strategy. But this brain architecture makes it biologically possible to express deep feelings of attachment for one partner, while one feels intense romantic love for another individual, while one feels the sex drive for even more extra-dyadic partners.
Further reading:
4. Infidelity has been a reality across cultures. It was also common among the classical Greeks and Romans, pre-industrial Europeans, historical Japanese, Chinese and Hindus and among the traditional Inuit of the arctic, Kuikuru of the jungles of Brazil, Kofyar of Nigeria, Turu of Tanzania and many other tribal societies.
Further reading:
5. There are different types of infidelity. Researchers have broadened the definition of infidelity to include sexual infidelity (sexual exchange with no romantic involvement), romantic infidelity (romantic exchanges with no sexual involvement) and sexual and romantic involvement.
Further reading:
6. Myriad psychological, cultural and economic variables play a role in the frequency and expression of infidelity. But one thing is clear: infidelity is a worldwide phenomenon that occurs with remarkable regularity, despite near universal disapproval of this behavior.
7. Mate poaching is a pronounced trend. In a recent survey of single American men and women, 60% of men and 53% of women admitted to “mate poaching,” trying to woo an individual away from a committed relationship to begin a relationship with them instead. Mate poaching is also common in 30 other cultures.
Further reading:
8. Infidelity doesn’t necessarily signal an unhappy relationship. Regardless of the correlation between relationship dissatisfaction and adultery, among individuals engaging in infidelity in one study, 56% of men and 34% of women rated their marriage as “happy” or “very happy,” suggesting that genetics may also play a role in philandering.
Further reading:
9. Studies show the possibility of a gene that correlates to infidelity. In 2008, Walum and colleagues investigated whether the various genes affect pair-bonding behavior in humans; 552 couples were examined; all had been married or co-habiting for at least five years. Men carrying the 334 vasopressin allele in a specific region of the vasopressin system scored significantly lower on the Partner Bonding Scale, indicating less feelings of attachment to their spouse. Moreover, their scores were dose dependent: those carrying two of these genes showed the lowest scores, followed by those carrying only one allele. Men carrying the 334 gene also experienced more marital crisis (including threat of divorce) during the past year, and men with two copies of this gene were approximately twice as likely to have had a marital crisis than those who had inherited either one or no copies of this allele. Last, the partners of men with one or two copies of this gene scored significantly lower on questionnaires measuring marital satisfaction. This study did not measure infidelity directly, but it did measure several factors likely to contribute to infidelity.
Further reading:
10. Several scientists have offered theories for the evolution of human adultery. I have proposed that during prehistory, philandering males disproportionately reproduced, selecting for the biological underpinnings of the roving eye in contemporary men. Unfaithful females reaped economic resources from their extra-dyadic partnerships, as well as additional males to help with parenting duties if their primary partner died or deserted them. Moreover, if an ancestral woman bore a child with this extra-marital partner, she also increased genetic variety in her descendants. Infidelity had unconscious biological payoffs for both males and females throughout prehistory, thus perpetuating the biological underpinnings and taste for infidelity in both sexes today.
Further reading:
And a few other books that may be of interest. Further reading on mate choice:
And for further reading on love addiction, see:


While talking about her research on love at TED2006, Helen Fisher mentioned the issue of infidelity. Here, she dives into the topic of cheating in much more detail. Photo: Robert Leslie


viernes, 24 de enero de 2014

Los ricos indignos - Paul Krugman

La realidad de la creciente desigualdad estadounidense es cruda. Desde finales de los 1970, los salarios reales de la mitad de hasta abajo de la fuerza laboral se han estancado o caído, en tanto que los ingresos del 1% de arriba casi se cuadruplicaron (y los del 0,1% de hasta arriba aumentaron todavía más). En tanto que podemos, y deberíamos, sostener un debate serio sobre qué hacer sobre esta situación, el hecho simple –el capitalismo estadounidense, como está constituido actualmente, está minando las bases de la sociedad de clase media– no debería estar abierto a la discusión.
Sin embargo, lo está, claro. En parte, esto refleja la famosa máxima de Upton Sinclair: Es difícil hacer que un hombre comprenda algo, cuando su salario depende de que no lo entienda. Sin embargo, creo que también refleja rechazo a las implicaciones de los números, que casi parecen una invitación abierta a la lucha de clases; o, si se prefiere, una demostración de que la lucha de clases ya está en marcha, en la que los plutócratas están a la ofensiva.
El resultado ha sido una enérgica campaña de ofuscación estadística. En su extremo más crudo, esta campaña se acerca a la falsificación descarada; en el más sofisticado, implica utilizar gambetas para propagar lo que creo que es el mito de los ricos merecedores.
Para tener un ejemplo de la falsificación de facto, no es necesario examinar más allá de una columna reciente de Bret Stephens, en The Wall Street Journal, que primero acusó (equivocadamente) al presidente Barack Obama de cometer un error fáctico, luego procedió a afirmar que la creciente desigualdad no es ningún problema porque todos han estado teniendo ganancias enormes. ¡Vaya, los ingresos del quinto de hasta abajo de la población estadounidense han aumentado 186% desde 1979!
Si esto no le suena equivocado, debería hacerlo: se trata de una cantidad nominal, sin estar ajustada a la inflación. Se puede encontrar la cifra corregida de acuerdo a la inflación en la misma tabla de la Oficina del Censo; allí se muestra que los ingresos del quinto de hasta abajo han caído, de hecho. Oh, oficialmente, al momento de escribir este artículo, el sitio web de The Journal no había corregido este error elemental.
Está bien, así es como se ve la cruda ofuscación. ¿Qué hay con la versión más elegante?
Ya antes he notado que los conservadores parecen obsesionados con la noción de que la pobreza es, básicamente, resultado de problemas de carácter entre los pobres. Quizá esto haya tenido, alguna vez, un grano de verdad, pero en más de las últimas tres décadas, el obstáculo principal al que se han enfrentado los pobres ha sido la falta de empleos en los que se paguen salarios decentes. Sin embargo, persiste el mito de los pobres indignos, al igual que el mito contrario, el de los ricos merecedores.
Esta es la historia: los acaudalados de Estados Unidos son adinerados porque tomaron las decisiones correctas en cuanto a estilo de vida. Se consiguieron solos una buena educación, se casaron y continuaron casados, y así sucesivamente. Básicamente, la afluencia es una recompensa por adherirse a las virtudes victorianas.
¿Cuál es el error de esta historia? Aun en sus propios términos, postula oportunidades que no existen. Por ejemplo, ¿cómo se supone que los hijos de los pobres, o siquiera de la clase trabajadora, consigan una buena educación en una época en la que se da cada vez menos apoyo para pagar colegiaturas que aumentan en forma pronunciada en las universidades públicas?
Sin embargo, lo principal de este mito es que identifica incorrectamente a los ganadores de la creciente desigualdad. A los profesionales oficinistas, aun cuando se casan entre sí, solo les va bien. Los grandes ganadores son un grupo muchísimo más reducido. El movimiento Ocupa popularizó el concepto del “1%”, que es una buena abreviatura de la élite en ascenso, pero, si acaso, incluye a demasiada gente: la mayoría de las ganancias del 1% de arriba se ha ido, de hecho, hacia una élite todavía más reducida, el 0,1% de hasta arriba.
¿Y, quiénes son estos cuantos suertudos? Principalmente, ejecutivos de algún tipo, en especial, pero no solo ellos, del financiero. Se puede argumentar en cuanto a si merecen que se les pague tan bien, pero algo está claro: no llegaron a donde están simplemente por ser prudentes, limpios y sobrios.
Entonces, ¿cómo puede sostenerse el mito de los ricos merecedores? Principalmente, mediante una estrategia de distorsión por dilución. Casi nunca se ve a los apologistas de la desigualdad dispuestos a hablar sobre el 1%, o, a lo más, del 5% de arriba. Pueden sonar a opciones inocentes, pero no lo son porque implican aglomerar a abogados casados con los lobos de Wall Street. La película de Di Caprio con ese título, por cierto, es altamente popular entre los tipos financieros, que elogian al personaje del título, otra pista sobre las realidades de nuestra nueva Era Dorada.
De nuevo, sé que estas realidades hacen que algunas personas, no todos sicarios de la plutocracia, se incomoden, y que preferirían describir un panorama distinto. Sin embargo, aun si los hechos tienen un bien conocido prejuicio populista, siguen siendo hechos, y se deben encarar.
© 2014 New York Times
News Service
El movimiento Ocupa popularizó el concepto del “1%”, que es una buena abreviatura de la élite en ascenso, pero, si acaso, incluye a demasiada gente: la mayoría de las ganancias del 1% de arriba se ha ido, de hecho, hacia una élite todavía más reducida, el 0,1% de hasta arriba.

jueves, 23 de enero de 2014

El verdadero empresario.

Elon Musk - Tesla CEO
El mercader de pasado toma el dinero heredado o de sus amigos banqueros e importa de otro país. Así el hace dinero con sus amigos y sus empleados. Este mercader crea riqueza FINANCIERA, esta riqueza financiera termina generalmente transferida a bancos extranjeros.


El EMPRESARIO INDUSTRIAL del siglo 21, toma el dinero heredado, del banco o que EL hizo y crea una INDUSTRIA. Es decir, tiene una mayor visión. Con el éxito hace MUCHO dinero el, sus amigos y sus empleados y sobre todo, el país se desarrolla.
Si este empresario RE INVIERTE las utilidades en ese país, en sus empleados, paga los impuestos que le corresponden y ademas INNOVA con  ciencia y no con estrategias especulativas, se convierte en una leyenda (y merecidamente millonario).

Todos los empresarios les hablaran del cambio, pero este cambio es uno que ellos odian hacer.

Ensalada Filosófica.


martes, 7 de enero de 2014

La paradoja de la felicidad femenina

Las mujeres tienen un 75% más de probabilidades que los hombres de informar sobre haber sufrido recientemente una depresión. Las mujeres también tienen un 60% más de probabilidades de informar sobre un desorden de ansiedad. Estas claras discrepancias observadas por el profesor de Oxford Daniel Freemen se encontraron en 8 de las 12 naciones que figuraban en las estadísticas. También apoyan un estudio que descubrió que las mujeres afirmaban tener mayores niveles de felicidad que los hombres en los años 60 pero que esa brecha de género hoy se había revertido. ¿A qué se debe el cambio?
clairelehmann
¿Qué quiere decir esto en un momento en que las mujeres son más saludables, están mejor educadas y disfrutan de mayor libertad económica y de más oportunidades de las que tenían hace 35 años? Desde los años 60 se ha convertido en socialmente aceptable dejar los matrimonios infelices. El estigma que existía alrededor de la libre expresión de la sexualidad femenina se ha suavizado. La legislación está ahí para proteger a las mujeres del acoso sexual. Según muchas medidas objetivas, las mujeres en occidente están más liberadas que nunca.

Pese a estas mejoras muchas mujeres son infelices. Freeman, un psicólogo clínico, se dio cuenta de la brecha en la literatura sobre diferencias de sexo en condiciones de salud mental e investigó las encuestas de salud mental tomadas en el Reino Unido, Estados Unidos, Europa, Australia y Nueva Zelanda. Averigüó que las mujeres tienen un 40% más de posibilidades que los hombres de desarrollar desórdenes de salud mental, dándose las discrepancias más claras en la depresión y la ansiedad.
Freeman fue cuidadoso examinando si las mujeres tenían más probabilidades de informar sobre problemas de salud que los hombres o si estaban más dispuestas que los hombres a buscar ayuda. En The stressed sex (El sexo estresado), coescrito con su hermano Jason, y publicado por Oxford University Press, los autores concluyen que aunque estos factores podrían tener un impacto, no explican por sí mismos las diferencias halladas entre géneros.
Muestran que mientras los hombres sufren mayores tasas de abuso de substancias, TDAH y autismo, las mujeres se llevan la peor parte en los desórdenes emocionales, mucho más comunes, y la tasa de estas afecciones está en alza. Parece que la salud mental de las mujeres de hecho es un “gran problema de salud pública”.
Las causas de la enfermedad mental son complejas. No existe un sólo factor que lo explique todo, y los psicólogos mirarán a un conjunto de variables en un intento de entender la etiología. Están implicados factores biológicos, procesos de pensamiento y estructuras sociales. Estilos de pensamientos como la rumición están gravemente implicados en la ansiedad y la depresión, y la genética también juega su papel. Pero Freeman señala que el factor principal que contribuye al declive de la salud mental de las mujeres podría ser realmente el stress.
Las mujeres toman decisiones constantemente sobre cómo parcelar su tiempo de forma más eficaz. Tenemos que hacer juegos malabares con carreras y niños y también con las relaciones y el trabajo doméstico. Dar prioridad a un área siempre lleva a la negación de otras (aunque sea sólo por poco tiempo). Los hombres también se enfrentan a estos desafíos, pero estas negociaciones crean más presión sobre las mujeres. La negociación sin fin de dominios vitales en conflicto pasa factura emocional.
Es interesante que los hallazgos de Freeman fueran anticipados hace cuatro años por un artículo de los economistas Betsey Stevenson y Justin Wolfers, que encontraron que la felicidad de las mujeres había declinado con respecto a los hombres. Analizando datos que se extienden durante 35 años, a lo largo de América y Europa, se descubrió que las mujeres informaron sobre niveles superiores de felicidad en los años 60 y que eran más felices en relación a los hombres. Esta brecha de género ahora se ha revertido, con los hombres siendo el sexo más feliz. Se ha descubierto que el declive en bienestar subjetivo femenino atraviesa tanto clases como razas y sigue siendo cierto para las mujeres de toda edad, con niños y sin ellos.
Los autores de este provocativo estudio evitaron proporcionar respuestas simples a las cuestiones que planteaba su artículo. Pero un declive en 35 años no puede atribuirse a cosas como la genética, la causa debe ser en buena parte ambiental. Algunos dirán que el declive se debe a prejuicios persistentes contra las mujeres, barreras estructurales y opresión patriarcal. Los tradicionalistas podrían señalar que hoy han muerto el cortejo y el romance. Quizás los hombres están disfrutando de una licencia para la irresponsabilidad y la conducta egoísta que no era permisible en el pasado.
Aunque estos factores pudieran haber contribuido, podría ser simplemente que las mujeres se han liberado pero se han estresado. Más oportunidades para tener éxito significa más oportunidades para fracasar. La ansiedad y la depresión a menudo nos golpean cuando sentimos que no damos la talla. Y con tantos dominios en los que sobresalir, no podemos culparnos por sentirnos menos que adecuados por no aspirar a la excelencia en todos ellos. En todas las discusiones sobre el equilibrio entre trabajo y la vida se echa en falta conversar sobre cosas como el cuidado de sí y el tiempo de ocio. Variables importantes como el ejercicio, el sueño, una dieta saludable y conectividad social dejan sitio a la carrera y el trabajo doméstico en la vida de muchas mujeres.
Tras el descubrimiento de que la felicidad era mayor en las mujeres de hace 35 años, quienes hablan en defensa de las mujeres acaso tengan que repensar la obsesión feminista con el poder, el status y la producción económica, y reconsiderar la importancia de otros resultados como la salud y el bienestar. Si las mujeres realmente se están llevando la peor parte de los desórdenes emocionales, tenemos que afrontar algunas verdades difíciles con respecto al por qué.