miércoles, 11 de octubre de 2017

La era detox


La era del 'detox' es, según Ramonet, Como si comenzara el ocaso de la sociedad de consumo -establecida en torno a los años 1960 y 1970-, y entráramos en lo que se empieza a llamar la “sociedad del desconsumo”. Foto: Internet


Por Ignacio Ramonet 

Quito, 11 oct (Andes).- El fenómeno se está extendiendo. En nuestras sociedades desarrolladas, un número cada vez mayor de ciudadanos se plantea modificar sus modos de consumo. No sólo de los hábitos alimentarios, individualizados ya hasta tal punto que resulta prácticamente imposible reunir a ocho personas en torno a una mesa para comer un mismo menú. Sino del consumo en general: la vestimenta, la decoración, el aseo, los electrodomésticos, los fetiches culturales (libros, devedés, cedés), etc. Todas aquellas cosas que hasta hace poco se acumulaban en nuestros hogares como señales más o menos mediocres de éxito social y de opulencia (y hasta cierta medida, de identidad), ahora sentimos que nos asfixian. La nueva tendencia es a la reducción, al desprendimiento, al despojo, a la supresión, a la eliminación... En suma, a la desintoxicación. Aldetox pues. Como si comenzara el ocaso de la sociedad de consumo -establecida en torno a los años 1960 y 1970-, y entráramos en lo que se empieza a llamar la “sociedad del desconsumo”.

Se podría objetar que las necesidades vitales de consumo siguen siendo inmensas en muchos países en vías de desarrollo o en las áreas de pobreza del mundo desarrollado. Pero esa realidad indiscutible no debe impedirnos ver este movimiento de “desconsumo” que se expande con ímpetu cada vez más intenso. Por otra parte, un estudio reciente, realizado en el Reino Unido, indica que desde el principio de la revolución industrial, las familias iban acumulando bienes materiales en sus hogares a medida que sus recursos aumentaban. El número de objetos poseídos traducía su nivel de vida y su estatus social. Así fue hasta 2011. Ese año se alcanzó lo que podríamos llamar el “pico de los objetos” (peak stuff). Desde entonces, el número de objetos poseídos no cesa de reducirse. Y esa curva, en forma de ‘campana de Gauss’ (con aumento exponencial mientras sube el nivel de vida, y que luego, después de un período de estabilización, desciende en las mismas proporciones), sería una ley general. Hoy se estaría verificando en los países desarrollados (y en muchas zonas opulentas de Estados del Sur) pero mañana también reflejaría la inevitable evolución en los países en desarrollo (China, India, Brasil).

La toma de conciencia ecológica, la preocupación general por el medio ambiente, el temor al cambio climático y en particular la crisis económica del 2008 que con tanta violencia golpeó a los Estados ricos, influenciaron sin duda esta nueva austeridad zen. Desde entonces, se divulgaron mediante las redes sociales muchos casos espectaculares de detox anticonsumista. Por ejemplo, el de Joshua Becker, un estadounidense que decidió hace nueve años, con su esposa, reducir drásticamente el número de bienes materiales que poseían, para vivir mejor y lograr la calma mental. En sus libros (“Living with Less”, “The more of Less”) y en su blog “Becoming minimalist” (www.becomingminimalist.com), Becker cuenta: “Limpiamos el desorden de nuestra casa y de nuestra vida. Fue un viaje en el que descubrimos que la abundancia consiste en tener menos”. Y afirma que “las mejores cosas de la vida no son cosas”.

Aunque no resulta fácil desintoxicarse del consumo y convertirse al minimalismo : “Comience poco a poco –aconseja Joshua Fields Millburn, que escribe en el blog TheMinimalists.com- intente desprenderse de una sola cosa durante 30 días, comenzando por los objetos más sencillos de suprimir. Deshágase de las cosas obvias. Empezando por las que claramente no necesita: las tazas que nunca usa, ese regalo horrendo que recibió, etc."

Otro caso célebre de despojo voluntario es el de Rob Greenfield, un norteamericano de 30 años, protagonista de la serie documental “Viajero sin dinero” (Discovery Channel) quien, bajo el lema "menos es más", se deshizo de todas sus pertenencias, incluso de su casa. Y anda por el mundo con sólo 111 posesiones (incluyendo el cepillo de dientes)... O el de la diseñadora canadiense Sarah Lazarovic, que pasó un año sin comprarse ninguna ropa y cada vez que tenía ganas de hacerlo, dibujaba la prenda en cuestión. Resultado: un bonito libro de bocetos titulado: “Un montón de cosas lindas que no me compré”. También está el ejemplo de Courtney Carver, que propone en su página web Project 333 (https://bemorewithless.com/project-333/), un desafío de bajo presupuesto invitando a sus lectores a vestirse con sólo 33 prendas durante tres meses.


En la misma línea está el caso de la bloguera y youtuber francesa Laeticia Birbes, 33 años, que se hizo célebre por su desafío de nunca más volver a comprarse ropa : “Yo era una consumidora compulsiva. Víctima de las promociones, de las tendencias y de la tiranía de la moda- dice- Había días en que llegaba a gastarme quinientos euros en prendas... En cuanto tenía problemas con mi pareja o con los exámenes, compraba ropa. Llegué a integrar perfectamente el discurso de los publicitarios: confundía sentimientos y productos...” Hasta que un día decidió vaciar sus armarios y regalarlo todo. Se sintió libre y ligera; liberada de una carga mental insospechada: “Ahora vivo con dos vestidos, tres bragas y un par de calcetines”. Y da conferencias por toda Francia para enseñar la disciplina del “cero basura” y del consumo minimalista.

El consumismo es consumir consumo. Es una conducta impulsiva donde ya no importa lo que se compra, importa comprar. En realidad, vivimos en la sociedad del desperdicio, desperdiciamos abundantemente. Frente a esa aberración, el minimalismo de consumo es un movimiento mundial que propone comprar sólo lo necesario. El ejercicio es simple: hay que mirar las cosas que tenemos en casa y determinar cuáles realmente usamos. El resto es acumulación, veneno.

Dos periodistas argentinas, Evangelina Himitian y Soledad Vallejos, pasaron de la teoría a la práctica. Después de haber vivido como millones de consumidores acumulando sin ningún criterio, decidieron cuestionar su propia conducta. Estaba claro que compraban por otros motivos, no por necesidad. Y se impusieron estar un año sin consumir nada que no fuese absolutamente indispensable y contar con gran talento su experiencia.

No solo se trataba de no consumir sino de desintoxicarse, de liberarse del consumo acumulado. Las dos periodistas empezaron imponiéndose una disciplina detox: cada una tenía que sacar diez objetos por día de su casa durante cuatro meses: 1.200 en total. Tuvieron que descartar, donar, desprenderse, despojarse... Como una suerte de purga, para pasar a ser desconsumistas: “En los últimos cinco años -cuentan Evangelina y Soledad- se encendió en el mundo una luz de conciencia colectiva sobre la manera de consumir. Que es una manera de controlar los abusos del mercado. Porque es también una estrategia para dejar al descubierto los puntos ciegos del sistema económico capitalista. Aunque suene pretencioso es exactamente eso: el capitalismo se apoya en la necesidad de fabricar necesidades. Y para cada necesidad fabrica un producto... Esto es especialmente cierto en los países con economías desarrolladas donde los índices oficiales miden la calidad de vida en sintonía con la capacidad de consumo... »

Este hastío cada vez más universal del consumo también alcanza al universo digital. Está surgiendo lo que podríamos llamar un digital detox, que consiste en abandonar las redes sociales por un tiempo y por diferentes motivos. Se va extendiendo el movimiento de los “exconectados” o “desconectados”, una nueva tribu urbana compuesta por personas que han decidido darle la espalda a Internet, y vivir off-line, fuera de linea. No tienen WhatsApp, no quieren oír hablar de Twitter, no usan Telegram, odian Facebook, no sienten simpatía por Instagram, y no hay casi ningún rastro de ellos por Internet. Algunos no poseen ni siquiera una cuenta de correo electrónico y, los que la tienen, la abren sólo muy de vez en cuando… Enric Puig Punyet (36 años) doctor en Filosofía, profesor, escritor, es uno de los nuevos “exconectados”. Ha escrito un libro en el que recopila casos reales de personas que, deseosas de recuperar el contacto directo con los demás y consigo mismas, han decidido desconectarse. “La Internet participativa que, mayoritariamente, es la modalidad en la que estamos viviendo, busca nuestra dependencia –explica Enric Puig Punyet- Al tratarse, casi en su totalidad, de plataformas vacías que se nutren de nuestro contenido, interesa que estemos a todas horas conectados. Esta dinámica la facilitan los teléfonos ‘inteligentes’ que han provocado que estemos constantemente disponibles y nutriendo a la Red. Este estado de hiperconexión conlleva sus problemas que estamos empezando a ver: nos resta la capacidad de atención, de proceso en profundidad e incluso de socialización. Gran parte del atractivo de las tecnologías digitales está diseñado por compañías que desean nuestro consumo y nuestra continua conexión, como sucede con tantos otros ámbitos porque es la base del consumismo. Cualquier acto de desconexión, ya sea total o parcial, debería entenderse como una medida de resistencia que desea compensar una situación que se encuentra descompensada”.

El derecho a la desconexión digital ya existe en Francia. En parte como respuesta a los múltiples casos de burnout (agotamiento por exceso de trabajo) que se produjeron en los últimos años como consecuencia de la presión laboral. Ahora los trabajadores franceses pueden dejar de responder a mensajes digitales cuando termina su jornada laboral. Francia se convirtió así en pionera de este tipo de leyes, pero todavía quedan incógnitas sobre cómo se aplicará esa ley. La nueva norma obliga a las compañías con más de 50 empleados a abrir negociaciones sobre el derecho a estar off-line, es decir no contestar emails o mensajes digitales profesionales en sus horas libres. Sin embargo, el texto no obliga a llegar a un acuerdo ni tampoco fija ningún plazo para las negociaciones. Las empresas podrían limitarse a redactar una guía orientativa, sin la participación de los trabajadores. Pero la necesidad del detox digital, de estar fuera de las redes y darse un descanso de Internet queda planteada.

La sociedad de consumo, en todos sus aspectos, ha dejado de seducir. Intuitivamente sabemos ahora que ese modelo, asociado al capitalismo depredador, es sinónimo de despilfarro irresponsable. Los objetos innecesarios nos asfixian. Y asfixian al planeta. Algo que la Tierra ya no puede consentir. Porque se agotan los recursos. Y se contaminan. Hasta los más abundantes (agua dulce, aire, mares...). Y ante la ceguera de muchos gobiernos, llega la hora de la acción colectiva de los ciudadanos. En favor de un desconsumo radical.

(*) Ignacio Ramonet es periodista español radicado en Francia, considerado una las principales figuras del llamado movimiento 'altermundista'. Actualmente es director de Le Monde diplomatique en español.

ir/yp



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De aquí a 32 años, ¿un futuro infernal?



 Fander Falconí 

Hay quien sostiene que la ciencia ficción es una experiencia religiosa, pero tengo mis dudas. Lo que sí creo es que la ciencia ficción siempre es un ensayo político. La película recién estrenada en todo el mundo, Blade Runner 2049, no es la excepción. La humanidad del filme vive en un mundo destrozado por el cambio climático y por una guerra nuclear bastante anterior a 2049.

Los Ángeles, California, tiene un megadique que contiene al océano desbordado y sobrevive a un clima lluvioso y hasta con nieve en invierno. Los ricos viven literalmente muy por encima de los pobres, en una urbe con rascacielos de cientos de pisos. Muy por debajo, vive una masa oprimida. La película está ganando millones y recibiendo críticas favorables. 
Se observa que en la trama los protagonistas son en general hombres y blancos, sirvientes de un capitalismo desbocado que domina todo, hasta la fabricación de mano de obra barata no humana: androides. ¿Sorprende que se pinte un futuro machista y racista? No debería, si observamos a dónde va Estados Unidos. Parecería una exageración excesiva ese escenario de 2049, pero la ciencia actual nos dice otra cosa. 

Una investigación reciente -June Sekera (2017), ‘Missing from the mainstream: the biophysical basis of production and the public economy’, Real World Economics Review N° 81- nos explica las falencias de la economía convencional. Esta ignora dos hechos esenciales de la nueva economía: la producción tiene una base biofísica la energía es su combustible, y la economía pública es fundamental en este proceso.

 Negar esos hechos resulta tan peligroso como negar el cambio climático. La base biofísica significa considerar la entrada de energía y materiales para el funcionamiento de los sistemas, en nuestro caso economías. Así, se puede explicar el comportamiento económico con variables no económicas: la dotación de recursos naturales, su uso y las posibles interrelaciones (y contradicciones o restricciones) entre los mismos. Los adoradores del mercado no conciben que exista una economía que no esté sometida al mercado. 

Sin embargo, la economía pública representa entre 25 y 50% de la actividad económica de los países capitalistas más avanzados. Asimismo, la economía convencional sostiene que la transición de los combustibles fósiles a energías renovables se dará cuando el mercado lo dictamine. Los mismos que sostienen esta barbaridad creen que la innovación aparece cuando hay una necesidad. Esperan en forma ingenua al Henry Ford que traerá el remedio al cambio climático. La economía biofísica señala el camino correcto, mientras la economía pública explica cómo recorrer ese camino. Solo si nos abrimos paso con esas instrucciones alcanzaremos un futuro aceptable. De lo contrario, tendremos un mundo como el que se pinta en Blade Runner 2049. Y puede ser peor en los países empobrecidos, como se rumora que describirá la secuela de este filme. 

Todavía estamos a tiempo. Se pueden mitigar los efectos del cambio climático y frenar su advenimiento. Pero se necesita cooperación internacional y una nueva actitud innovadora, una que no esté guiada por la codicia. Sin lugar a dudas, el cine refleja las pesadillas. (O)

domingo, 8 de octubre de 2017

La historia de ficción



Cuando en una historia de ficción una mujer se enamora de un hombre considerablemente más rico, lo más probable es que nos enteremos al poco tiempo que a ella el dinero no le interesa en absoluto y que su única y auténtica motivación es el amor. Si lo busca por su posición económica, o si ella misma es rica, se convierte en la malvada de la historia y no es la protagonista. El discurso romántico está construido sobre la idea de que el amor se opone a la norma mercantil.
De joven fui completamente persuadida por esta filosofía. La moraleja que me quedó fue: los recursos económicos de un hombre no importan, lo único relevante es el amor. Por eso enorme fue mi sorpresa cuando años más tarde observé cómo mujeres con ingresos propios formaban pareja con hombres de mejor posición económica que ellas. Algunas tuvieron hijos, otras no. Diversos estudios muestran que las mujeres en promedio prefieren hombres de igual o superior posición económica que ellas, aún cuando sus ingresos puedan ser excelentes (Townsend, 1998), mientras que no ocurre lo contrario, que en promedio los hombres prefieran formar pareja con mujeres de iguales o superiores ingresos económicos a los suyos. Cuando ellos pierden el trabajo, también es más frecuente que ellas decidan divorciarse, y tampoco es común que lo mismo pase con los hombres cuando las que pierden el trabajo son ellas.


Puede ocurrir que a ellas no les interese el dinero de él, pero sí su equivalente: el estatus, que a veces es una forma indirecta de acceder al dinero, a otros recursos, bienes simbólicos o protección. Si ellas son flautistas, es más probable que se sientan atraídas por el director de orquesta que por el que toca la pandereta. Sin son alumnas, preferirán al profesor y no al compañero. Este mecanismo es común en gran cantidad de hembras animales. El pájaro tejedor africano construye un nido y si a la hembra le gusta, se aparean. El pájaro Gray Shribe, del Negev, junta presas y objetos útiles como plumas y los ofrece en el cortejo. Darwin ya había observado que en la mayor parte de las especies las que más invierten tiempo y esfuerzo en la reproducción son las hembras. Esto las vuelve más selectivas y buscan machos en parte basadas en su disposición a contribuir con recursos para la cría. Mecanismos adaptativos favorecieron a los machos que competían con recursos y estatus por el acceso a las hembras. El homo no es una excepción, y esto -además del sexismo- en parte explica por qué acceden con más frecuencia a puestos jerárquicos.


De modo que el estereotipo del macho proveedor más que causa es la consecuencia de un mecanismo psicológico que desarrollaron nuestros ancestros, gracias al cual estamos vivos. ¿Tiene esta predisposición biológica carácter prescriptivo? ¿Significa que los hombres deben mantenernos de por vida? No, pero destaca algo que no siempre recordamos: la crianza de un niño pequeño es muy absorbente, durante los primeros años más tareas recaen sobre la madre (como gestar y amamantar), y son necesarios recursos económicos. Hay cierta evidencia de una particularidad que será difícil de digerir para las feministas dogmáticas: las mujeres en muchas sociedades con igualdad de derechos sexuales se sienten en promedio más atraídas por las tareas de la maternidad que los hombres (Buss, 2003). Esto no implica que un hombre no pueda criar a un hijo, solo nos habla de intereses promedio y tampoco implica que siempre vaya a ser así.
Los países con Estado de Bienestar suelen ayudar económicamente a las madres que crían solas a sus hijos (Israel, países de Europa del Norte). Saben que la reproducción es un trabajo, lleva muchos años e implica también un aporte económico para la sociedad futura.


¿Hay mujeres que abusan de este esquema? Sin duda. Tienen hijos y luego se despreocupan de por vida de aportar dinero al hogar, a veces en forma abusiva, y a veces comprensiblemente, ya que han pasado los veinte años en los que más éxito profesional podrían haber tenido criando hijos, con una división del trabajo clara y más bien tradicional.
¿Ser madre puede ser una vocación? No hablo de instinto aquí, sino de vocación. Lo ignoro, y tal vez no sea muy buena idea dedicar la vida solo a los hijos, y luego solo a los nietos, sin generar intereses propios y extrínsecos a la familia. No obstante, veo que muchas mujeres profesionales han dejado gustosamente sus carreras para dedicarse a la vida hogareña. La división del trabajo es clara, tradicional, sin que nadie sufra o se sienta objeto de un abuso.


Con todo, las historias de ficción y nuestro propio sentido común nos llevan a considerar vergonzoso que una joven mujer se fije en la posición económica de un hombre. En la serie catalana Merlí hay una escena en la que un estudiante visita la casa de una chica que le gusta. "La Tania" pertenece a una familia de muy buena posición económica, y "el Paul" es hijo de un hombre pobre que descendió todavía más en la escala social con la última crisis económica. "El Paul" se siente mal cuando comprueba cuánto constrasta el estilo de vida de "la Tania" con el suyo y se va. En la siguiente escena están en la casa de él, muy humilde, con su padre desocupado. "La Tania" queda redimida ante los ojos de la audiencia cuando comparte una modesta pizza de dos euros con su amado. Moraleja: busca un príncipe, pero sin que se note mucho lo del palacio. Solo si eres rica comerás pizza con un pobre, pero sin que se note mucho lo de la hipoteca.


La novela romántica parece conciliar el desinterés que presupone el amor, y su presunta irracionalidad, con el acceso a recursos materiales y simbólicos, un criterio estrictamente racional. Nos dice: "Seducirás a un hombre de estatus superior, pero no creerás ni harás creer que eso te importa. Procurarás conquistar al príncipe azul como si fuera uno de sus vasallos."


Próximamente en el blog Feminismo científico.
En Twitter, ahora: @feminisciencia

martes, 19 de septiembre de 2017

Insanely Concentrated Wealth Is Strangling Our Prosperity



Today’s mountains of wealth throttle the very engine of wealth creation itself.


Remember Smaug the dragon, in The Hobbit? He hoarded up a vast pile of wealth, and then he just hung out in his cave, sitting on it (with occasional forays to further pillage and immolate the local populace).
That’s what you should think of when you consider the mind-boggling hoards of wealth that the very rich have amassed in America over the last forty years. The picture at right only shows the very tippy-top of the scale. In 1976 the richest people had $35 million each (in 2014 dollars). In 2014 they had $420 million each — a twelvefold increase. You can be sure it’s gotten even more extreme since then.

Bottom (visible) pink line is the top 10%.
These people could spend $20 million every year and they’d still just keep getting richer, forever, even if they did absolutely nothing except choose some index funds, watch their balances grow, and shop for a new yacht for their eight-year-old.
If you’re thinking that they “deserve” all that wealth, and all that income just for owning stuff, because they’re “makers,” think again: between 50% and 70% of U.S. household wealth is “earned” the old-fashioned way (cue John Houseman voice): it’s inherited.
The bottom 90% of Americans aren’t even visible on this chart — and it’s a very tall chart. The scale of wealth inequality in America today makes our crazy levels of income inequality (which have also expanded vastly) look like a Marxist utopia.
American households’ total wealth is about $95 trillion. That’s more than three-quarters of a million dollars for every American household. But roughly 50% of households have zero or negative wealth.
Now of course you don’t expect 20-year-olds to have much or any wealth; there will always be households with none. But still, the environment for young households trying to build a comfortable and secure nest egg — the American dream? — has gotten wildly competitive and hostile over recent decades. (If we had a sovereign wealth fund, everyone would have a wealth share from birth.)
But here’s what’s even more egregious: that concentrated wealth is strangling our economy, our economic growth, our national prosperity. Wealth concentration drives a vicious, downward cycle, throttling the very engine of wealth creation itself.
Because: people with lots of money don’t spend it. They just sit on it, like Smaug in his cave. The more money you have, the less of it you spend every year. If you have $10,000, you might spend it this year. If you have $10 million, you’re not gonna. If you have $1,000, you’re at least somewhat likely to spend it this month.
Here’s one picture of what that looks like (data sources):
These broad quintile averages obviously don’t put across the realities of the very poor and the very rich; each quintile spans 25 million households. But the picture is clear. The bottom quintiles turn over 40% or 50% of their wealth every year. The richest quintile turns over 5%. For a given amount of wealth, wider wealth dispersion means more spending. It’s arithmetic.
Now go back to those top-.01% households. They have about $5 trillion between them. Imagine that they had half that much instead (the suffering), and the rest was spread out among all American households — about $20,000 each.
Assume that all those lower-quintile households spend about 40% of their wealth every year. They each get to spend an extra $8,000, and enjoy the results. Sounds nice. And it’s spending that simply won’t happen with concentrated wealth. The money will just sit there.
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Now obviously just transferring $2.5 trillion dollars, one time, is not going to achieve this imagined nirvana. Nor is it bloody well likely to happen. That example is just to illustrate the arithmetic. Absent some serious changes in our wildly skewed income distribution (plus capital gains, the overwhelmingly dominant mechanism of wealth accumulation, which don’t count as “income”), that wealth would just get sucked back up to the very rich, like it has, increasingly, for the past forty years — and really, the past several thousand years.
If wealth is consistently more widely dispersed — like it was after WW II — the extra spending that results causes more production. (Why, exactly, do you think producers produce things?) And production produces a surplus — value in, more value out. It’s the ultimate engine of wealth creation. In this little example, we’re talking a trillion dollars a year in additional spending and production. GDP would be 5.5% higher.
If you want to claim that the extra spending would just raise prices, consider the last 20 years. Or the last three decades, in Japan. And if you think concentrated wealth causes better investment and greater wealth accumulation, ask yourself: what economic theory says that $95 trillion in concentrated wealth will result in more or better investment than $95 trillion in broadly dispersed wealth? Our financial system is supposed to intermediateall that, right?
Or ask yourself: would Apple be as successful as it is if its business model was based on selling eight-million-dollar diamond-encrusted iPhones? Broad prosperity is what made Apple, Apple. Concentrated wealth distorts producers’ incentives, so they produce, for instance, a million-dollar Maserati instead of forty (40) $25,000 Toyotas — because that’s what the people with the money are buying. Which delivers more prosperity and well-being?
This little envelope calc is describing a far more prosperous, comfortable, and secure society — far richer and and one hopes far more peaceful than the one we’re facing under wildly concentrated wealth. With the possible exception of a few very rich multi-generational dynasties, everyone’s grandchildren will be far better off 50 years from now if wealth is more widely dispersed. And over that half century, hundreds of millions, even billions of people will live far richer, better lives.
Why wouldn’t we want that? Why wouldn’t we do that? (We know the answer: rich people hate the idea — even those who aren’t all that rich but foolishly buy into the whole trickle-down fantasy. And the rich people…have the power.)
By contrast to that possibility, here’s what things look like over the last seven decades:
Here are the results — growth in GDP per capita:
The last time economic growth broke 5% was in 1984. And the decline continues.
So how do we get there, given that we’ve mostly failed to do so for millennia? Start with a tax system that actually is progressive, like we had, briefly, during the postwar heyday of rampant and widespread American growth and prosperity. And greatly expand the social platform and springboard that gives tens of millions more Americans a place to stand, where they can move the world.
All of this dweebish arithmetic, of course, doesn’t put across the real crux of the thing: power. Money is power. So it is, so it has been, and so it shall be in our lifetimes and our children’s lifetimes (world without end, amen). This is especially true for minorities, who have been so thoroughly screwed by our recent Great Whatever. Money is the power to walk away from a shitty job. To hire fancy lawyers and lobbyists, maybe even buy yourself a politician or two. If we want minorities to have power, they need to have money.
Add to that dignity, and respect, which is deserved by every child born: sadly but truly, they are delivered to those who have money. You can bemoan that reality, but in the meantime, let’s concentrate on the money.
If you want to create a workers’ utopia, a better world for all, seize the wealth and income.
2017 September 18
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Data Sources
The data for the tall chart is from Gabriel Zucman, PSZ2016AppendixTablesII(Distrib).xlsx Table TE3. Google sheet with data and chart here.
Average wealth by quintile is from the Federal Reserve’s Survey of Consumer Finance (SCF), scf2013_tables_internal_nominal.xls, Table 4. (Top 20% wealth in the table above is an average of the means for 80-90% and 90-100%.) The most recent triannual SCF release, covering 1989-2013, determined the year chosen for the table. The next release, through 2016, should be out imminently.
Spending by quintile is from the BLS Consumer Expenditure Survey (CEX; earlier years here), Table 1101 (adjusted; see below): https://www.bls.gov/cex/2013/combined/quintile.xlsx. All anual expenditure-by-quintile tables 1984-2016 in one spreadsheet here.
Note: Measuring expenditures is very difficult, especially the spending of the very rich. They’re not keen to answer lengthy surveys like the CEX, given that they don’t even want their housekeepers to know that they paid $6 for a loaf of bread. As a result, CEX — which breaks out spending by quintile — missesabout 40% (xlsx) of the spending tallied in the BEA’s Personal Consumption Expenditures (PCE) — which doesn’t. As a rough corrective for that discrepancy, the spending-by-quintile figures in the table above are CEX measures multiplied by 1.66. This “PCE correction” results in far more plausible spending figures, especially for the top 20%: Average $165,000 in 2103 annual spending versus CEX’s $100,000.