domingo, 10 de julio de 2011

CINCO DISCIPLINAS MÍSTICAS “ANCESTRALES” QUE FUERON INVENTADAS ANTES DE AYER.

Los occidentales estamos fascinados por todo lo que venga de oriente, así que solemos estar más que dispuestos a embutirnos en unas mallas de colores y practicar todo tipo de ejercicios y rituales, a ser posible “ancestrales”. Al fin y al cabo, si llevan existiendo miles de años quiere decir que funcionan, ¿no?
Yoga
El mito:
Pregunta a alguien que lleve leotardos y que permanezca mirando al infinito cuál es la antigüedad del yoga y la respuesta aproximada que te dará es de cinco mil años. En otros términos, el común de los mortales está convencido de que los estiramientos y las poses serenas se anticipan varios siglos a la construcción secreta de las pirámides por parte de los extraterrestres…
La realidad:
El conjunto de posturas y técnicas de respiración que conocemos como yoga datan del remotísimo año de 1960. ¿Y cómo es posible?, te preguntas mientras estrujas nervioso tu esterilla de yoga. Muy fácil: la famosa imagen de un hombre cruzando sus piernas en el Valle del Indo data de hace 5.000 años, pero se trata sólo de una postura, nada menos que la postura que adopta cualquier persona cuando se sienta sobre una superficie plana.
La primera mención al yoga aparece en los Upanishads, unos textos sagrados hindúes de hace 2.500 años. No obstante, esta mención hace referencia al “yugo” que sirve para unir dos bueyes, como metáfora de una técnica de meditación. La única mención a una postura es la anteriormente relatada: “siéntate de forma que la meditación sea lo más cómoda posible”.
En el siglo XIX un príncipe indio llamado Krishanraja Wodeyar escribió un manual llamado ‘Sritattvanidhi’, que incluía 122 posturas tomadas principalmente de la gimnasia india. Más tarde,B.K.S. Iyengar tuvo la genial idea de combinar aquellos ejercicios con algunas enseñanzas de viejos textos hindúes como los Yoga Sutros, y exportó el paquete a EEUU en los años 60 del siglo pasado. Desde entonces millones de personas lo practican en todo el mundo, ignorantes de que están realizando una versión maqueada de una clase de gimnasia de principios del siglo XX.
Tarot
El mito:
Según los seguidores del tarot el juego de cartas se origina en el Antiguo Egipto y tiene alguna lejana relación con la Cábala y con el Santo Grial.
La realidad:
En realidad el tarot no fue diseñado para leer la buena fortuna sino para jugar un juego parecido al actual bridge. Su uso como herramienta de adivinación del futuro data de hace 250 años, 400 años más tarde de cuando fue importado desde Oriente Próximo. De hecho, las cartas “normales” de juego tienen una historia más prolongada que el tarot, de por lo menos 50 años antes.
Los seguidores del ocultismo del siglo XIX pusieron de moda la lectura de las cartas de tarot, que es lo que hacían los europeos cuando se aburrían antes de inventar lo de irse de mochilero a la India.
Satanismo
El mito:
En la cultura popular se asume que el satanismo está entre nosotros desde que nuestros más lejanos ancestros hicieron el gesto de los “cuernos del diablo” con sus rudimentarias manos. Películas como “La novena puerta” muestran a Christopher Lee practicando el satanismo allá por la Edad Media.
La realidad:
El satanismo tal y como lo conocemos ahora, con sus pentagramas, cruces invertidas y pasión por la ropa negra viene de tan lejos como…1966, año en que fue inventado por un músico de Chicago llamado Anton LaVey. Esto hace al satanismo más moderno que los Rolling Stones o Mr. Potato.
Hasta LaVey, los pentagramas eran usados regularmente por los cristianos como un conjuro contra las brujas y los demonios. En caso de que las cruces invertidas no funcionaran lo suficiente, los satanistas estaban exhibiendo un símbolo cristiano, a la par que un medio de ejecución y tortura por motivos religiosos.
La Ouija
El mito:
Tanto si piensas que es un pasatiempo sin importancia o un portal directo al infierno, los amantes y los detractores de la ouija están de acuerdo en algo: tiene detrás una larga y misteriosa historia. La antigua China o incluso la más antigua Roma parecen haber tomado el tren de la Ouija en algún momento.
La realidad:
Las tablas de la Ouija fueron patentadas como un juego de mesa por Parker Brohters en 1890, los mismos que inventaron el Monopoly, el Cluedo, el Risk o el Trivial. En cuanto a las artes chinas y romanas distaban bastante del juego de mesa. La primera era un método de adivinación llamado “fuji” que consistía en escribir caracteres chinos con un palo sobre la arena. La versión romana tampoco era mucho más cercana al espíritu del juego de mesa.
Ninjas
El mito:
La suma de sabiduría y habilidades ninja conocida como “ninjutsu” viene rondando desde hace un milenio y cualquier hijo de vecino puede buscarse un maestro, empezar a repartir galletas e incluso recibir una invitación para participar en alguna de sus famosas peleas a muerte clandestinas.
La realidad:
Los ninjas no llevaban máscaras y pijamas negros, como se empeñó Hollywood pero, ¿acaso existieron? El problema radica en que ni en Japón ni en ningún otro lugar son capaces de demostrar ningún trazo de tradición ninja antes del siglo XX.
La escuela Bujinkan, que introdujo el ninjutsu en occidente en los años 70, no es tomada demasiado en serio por las escuelas de artes marciales en Japón. Según reza la página web del capítulo español: Bujinkan está compuesta por nueve escuelas tradicionales de artes marciales japonesas datadas entre los siglos XII y XVI.”. Sin embargo, en la Wikipediaadelantan el reloj unos cuantos siglos: hasta el XX, cuando Masaaki Hatsumi funda la escuela.
Iincluso dentro del propio país el considerado “último ninja”, Jinichi Kawakami, afirma que aprendió el arte del ninjutsu de “un misterioso” extraño al que conoció cuando era niño y de cuya existencia no existe ninguna prueba.

Autor: Iñaki Berazaluce

viernes, 8 de julio de 2011

Medicamentos genéricos vs no genéricos. El famoso 20%


Cuando se decide estudiar un genérico, se realiza un ensayo clínico controlado con 12-36 pacientes. Se les divide en dos grupos. Al primero se le da el fármaco de referencia, que es aquel fármaco de marca que ha sido comercializado durante todo el tiempo de la patente y ha demostrado una cierta eficacia y seguridad. Al segundo se le da el fármaco genérico, que tiene el mismo principio activo y tiene que demostrar que produce un efecto biológico similar. 


Ambos grupos toman el medicamento asignado durante un cierto tiempo, durante el cual se les hace continuos análisis de sangre para ver la cantidad de ese fármaco que se encuentra en ella. Tras todo esto los voluntarios pasan un tiempo sin tomar ese medicamento, hasta que no se encuentra en la sangre rastro alguno de él. Es el denominado periodo de lavado.


Para entender el famoso 20% hay muchos caminos. El mío fue sentarme una mañana con una farmacéutica de mi hospital y terminar dándome cuenta de que hablar de ese 20% sin meterme en la Estadística es como hablar de espaguetis a la boloñesa sin mencionar el tomate frito, la pasta ni la carne picada. Un despropósito. 
Cuando ha pasado el periodo de lavado, se les vuelve a dar el fármaco, pero cambiando el grupo al que se asigna, de modo que quienes recibieron el fármaco de referencia reciben el genérico en la segunda ocasión y viceversa. ¿Por qué se realiza así? Porque se busca que cada paciente sea su propio control, evitando variaciones en los resultados por las características personales, por las variabilidades individuales.
Tras haber realizado las oportunas mediciones, se realizan varias gráficas en las que se mide la concentración máxima de ese principio activo que lleva el fármaco que se ha encontrado en la sangre, así como el tiempo que ha permanecido en ella. Se compara la gráfica del fármaco de referencia con el de marca y se recurre a la temida, odiada, aburrida pero necesaria Estadística para marear los datos una y otra vez hasta asegurarnos de medir correctamente las cosas.
Para empezar, dividimos la  media de la concentración máxima alcanzada en la sangre con el genérico entre la media de la concentración máxima alcanzada con el fármaco de referencia y cruzamos los dedos para que el valor sea lo más cercano posible a 1, indicando entonces el genérico ideal, el que cumple las mismas condiciones que el de referencia; lo mismo se hace con la medición de la cantidad de fármaco y el tiempo que permanece en la sangre,  para lo cual recordaremos nuestras nociones de geometría del cole y calcularemos el AUC (area under curve) o área que tenemos en esa figura formada por el eje de abscisas, el de ordenada y la curva que se forma al medir la cantidad de fármaco y el tiempo que está en sangre.  Dividimos la media del área bajo la curva del genérico entre la del fármaco de referencia y nuevamente buscamos y esperamos que sea lo más cercano a 1.
La cosa no queda ahí. Queremos estar más seguros todavía de que esos fármacos son bioequivalentes y no habrá problemas al administrar un genérico. Que no nos estamos equivocando al comparar esos dos fármacos.  Para eso calculamos el intervalo de confianza  del 90% de esos cocientes obtenidos tal como acabo de contar. Los intervalos de confianza de esos cocientes tienen que estar entre 0’8 y 1’20, es decir, se admite un 20% de variación en torno a 1, lo que asegura que ambos fármacos sean intercambiables, ya que tras múltiples estudios se ha comprobado que esos límites son los que aseguran que no se notarán diferencias en el organismo al tomar un genérico o el medicamento de referencia.
Es muy raro que se llegue a esa variabilidad del 20% en ese parámetro, alcanzando la mayoría de los genéricos una diferencia del 4%. Sorprendidos, ¿verdad?
Espero haberos convencido de que un genérico no tiene un 20% menos de principio activo que un fármaco de marca, además de la importancia de tener unas nociones mínimas de Estadística…

domingo, 26 de junio de 2011

La pendiente resbaladiza de la maldad

¿Sabemos de qué seríamos capaces en una situación extrema a la que nunca nos hubiéramos enfrentado? ¿Somos realmente quienes creemos que somos? Eduard Punset habla con Philip Zimbardo, psicólogo de la Universidad de Stanford y autor del famoso y macabro experimentode la prisión de Stanford, realizado en los años 70 para estudiar la reacción de unas cuantas personas recluidas en un lugar hostil y sometidas a duras circunstancias.